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Pérdida y duelo: por qué trabajarlos en psicoanálisis

  • Foto del escritor: Juliana E. Arango
    Juliana E. Arango
  • 16 mar
  • 6 Min. de lectura

En la práctica clínica psicoanalítica, muchos relatos de sufrimiento subjetivo están conectados con la pérdida de un “objeto” importante o amado. En términos psicoanalíticos, un objeto puede referirse a muchas cosas: una persona, un lugar, una parte del cuerpo, un trabajo, un nivel de vida, el acceso a una actividad significativa y placentera, un sentido de pertenencia nacional, una idea general de quién se era, un ideal que en algún momento hacía que la vida pareciera posible de sostener, o un papel que se ocupaba en el mundo. En este sentido, no son solo las personas las que “mueren” o dejan de existir.


Puede ser útil detenerse a reflexionar sobre el objeto de nuestra pérdida, que a veces es difuso y difícil de nombrar. La “existencia” de algo o de alguien importante en nuestras vidas está ligada al funcionamiento de nuestra vida cotidiana dentro de nuestro entorno material inmediato. En ocasiones, las personas o las cosas que nos importan no dejan realmente de existir. A veces simplemente dejan de existir en nuestras vidas. Y esto no hace que la intensidad de la pérdida sea menos profunda que la muerte literal y física de un ser querido. A veces una relación ya se ha vuelto lo suficientemente distante como para no ocupar nuestras preocupaciones diarias, pero luego la muerte marca de pronto una finalización sobre la cual nunca habíamos reflexionado realmente.


Cuando algo o alguien deja de estar presente en nuestra vida cotidiana —ya sea por la muerte o por otras razones— es fácil imaginar que también cambian nuestras actividades, rutinas, paisajes, objetos, relaciones y problemas. Cuando el cambio es radical, puede que ya no tengamos acceso a la forma en que solíamos vivir nuestras vidas. De repente, puede que ya no tengamos a alguien con quien resolver nuestros problemas, y entonces surgen nuevos desafíos o limitaciones. Podemos encontrarnos sin sustento económico, sin amor o incluso sin un lugar donde vivir. Cada caso es único, pero siempre hay una dimensión muy concreta y material en los grandes cambios de la vida.


Al mismo tiempo, también dejamos de ser la persona que alguna vez tuvo una manera particular de vivir y de enfrentarse a la vida tal como era. A veces toma tiempo darse cuenta de que la continuidad de nuestra identidad se ve sacudida cuando perdemos algo o a alguien. Puede que ya no seamos cónyuge, hija o hijo, una persona con empleo estable que puede sostener un hogar, un atleta exitoso, o una persona joven y saludable con un cuerpo funcional. En estos momentos, no solo perdemos un objeto o una relación. También podemos perder el sentido de quiénes somos y de cómo vivir.


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Duelo como esfuerzo y trabajo de reajuste


Puede parecer extraño pensar el duelo como algo que implica una actividad. Muchas personas imaginan que los efectos de perder a alguien o algo importante son simplemente consecuencias pasivas de la vida. Pero ¿qué ocurre cuando alguien cuya vida ha cambiado drásticamente —por ejemplo, a causa de una pérdida— intenta permanecer en los mismos lugares, con las mismas personas, haciendo las mismas cosas y manteniendo las mismas rutinas? ¿Es realmente posible la continuidad en nuevas circunstancias?


El duelo implica un esfuerzo de cambio. Precisamente por eso superar una pérdida puede ser tan difícil. Se vuelve aún más difícil cuando las nuevas circunstancias son costosas o exigen habilidades y recursos que no están a nuestro alcance. El duelo es doloroso y exigente por razones que van más allá de la tristeza y la añoranza que produce la pérdida. Estos sentimientos son normales, esperables e incluso "positivos", en el sentido de que forman parte de un proceso de transformación en desarrollo y a su propio ritmo. Son parte del movimiento que nos permite seguir del lado de los vivos y de lo presente. Al mismo tiempo, actuar puede resultar difícil cuando estamos tristes. Sin embargo, la “acción” en el duelo no necesariamente significa resolver algo de inmediato ni obligarnos a mantenernos ocupados todo el tiempo, "porque sí".


Decir que la tristeza y la añoranza pueden tener un lugar "positivo" en el duelo no significa que no sean dolorosas. Es fundamental reconocer el malestar y que nuestros sentimientos sean reconocidos por otras personas: primero como reales y además como indicadores de algo relevante sobre nuestra experiencia. Sin embargo, la tristeza y la añoranza son solo el comienzo de un proceso que eventualmente puede permitir una readaptación más saludable y la posibilidad de nuevas formas de disfrute en la vida. El duelo es un trabajo. Es un proceso que toma tiempo y que a menudo se despliega en fases reconocibles. Un proceso que no puede pretender acelerarse.


Las fases del duelo


Después de años de investigación con pacientes en fase terminal y sus familias,  Elisabeth Kübler-Ross —una figura internacionalmente reconocida en el estudio de la muerte y el duelo— publicó en 1969 una descripción detallada de los procesos psicológicos que pueden ocurrir cerca del final de la vida, tanto para quienes están muriendo como para quienes permanecen. Ella propuso que el duelo a menudo se desarrolla en fases que pueden presentarse por separado o, en ocasiones, de manera simultánea. La primera fase es la negación, o una incapacidad para aceptar la nueva realidad. Esto puede implicar retraimiento, incredulidad o distanciamiento emocional. Cuando la pérdida es especialmente abrumadora, la negación puede incluir dificultades para recordar o aceptar ciertos hechos que circundan lo ocurrido. En contextos clínicos, estas experiencias pueden relacionarse con estados disociativos.


La segunda fase es la ira o la rabia. En este punto, la persona comienza a comprender que algo profundamente doloroso ha ocurrido en su propia vida y no en la vida de otras personas. Pueden aparecer sentimientos de injusticia, junto con frustración auto-dirigida, hacia otras personas o hacia las circunstancias de la vida. La tercera fase es la negociación. En esta etapa suelen aparecer intentos —a veces simbólicos o con un carácter casi ritual— de restaurar algo de lo que se ha perdido: el momento, la relación, la identidad o la persona. Pueden regresar recuerdos muy vívidos incluso, junto con esperanzas de algún tipo de reversión, reconciliación o incluso milagros.


La cuarta fase es la depresión, caracterizada por un agotamiento y una sensación de peso emocional. Los sentimientos de soledad, añoranza y ansiedad suelen hacerse más intensos. Durante esta fase, las personas pueden necesitar una escucha más atenta y apoyo para comprender y validar lo que están experimentando, que a menudo es complejo y difícil de aceptar. También pueden aparecer sentimientos de culpa y arrepentimiento que requieren una atención cuidadosa y compasiva. Finalmente está la aceptación. En este punto puede comenzar a surgir cierta sensación de paz frente a la pérdida o el cambio. La fuerza emocional del pasado va disminuyendo gradualmente y la vida puede empezar a reorganizarse en términos concretos, de acuerdo con lo que ahora es posible.


Qué cambia cuando algo termina?


A veces esta pregunta solo puede explorarse a través del trabajo psicoterapéutico o del psicoanálisis. Hay momentos en los que experimentamos una sensación de vacío aunque nadie haya muerto. Puede que no hayamos perdido el uso de nuestro cuerpo, que el amor en nuestra relación aún exista, que nuestra carrera continúe y que nuestra vida siga siendo materialmente estable. Sin embargo, de repente descubrimos que ya no disfrutamos la vida de la misma manera. Nuestra energía disminuye e incluso podemos empezar a sentirnos físicamente mal. A veces nos preguntamos si algo está mal con nosotros/as. Después de todo, podemos pensar que tenemos todo lo que se supone que necesitamos para ser felices. De manera paradójica, incluso cuando alguien ha muerto, podemos sentir inquietud porque no sentimos la tristeza que esperábamos sentir.


Cada experiencia de pérdida se desarrolla dentro de circunstancias particulares. Formas adicionales de sufrimiento —como experiencias de exclusión social, violencia o crimen— pueden hacer que el trabajo del duelo sea más complejo. Cuando aquello que éramos, lo que podíamos hacer o lo que amábamos nos ha sido arrebatado de forma violenta, las condiciones que rodean la pérdida son muy distintas. No toda pérdida pertenece simplemente a los procesos ordinarios del envejecimiento, de la distancia, o a nuestras elecciones.


En el trabajo terapéutico puede ser útil explorar qué es lo que realmente ha cambiado. Esto suele implicar rechistorizar nuestra biografía: quién has sido, cómo has vivido y qué tipo de vida has estado viviendo. A veces la adultez llega y no comprendemos del todo lo que nos exige. En otras ocasiones descubrimos que ya no necesitamos atravesar los mismos conflictos o sufrimientos que antes marcaron nuestras vidas, y eso también puede generar una crisis. A veces, cuando una relación termina o una situación cambia, algunas experiencias dolorosas también llegan a su fin. Entonces puede ser necesario reconocer y elaborar el alivio que acompaña ese final. Nada de esto tiene por qué enfrentarse en soledad.



 
 
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